viernes, 30 de octubre de 2015

CERVANTES
La Misteriosa Bliblioteca, Hurtado De Mendoza

  Tardé horas en dormirme, pero en el instante que lo hize ya estaba allí. En aquella misteriosa biblioteca. Había libros en cada esquina, manuscritos, dibujos... no había habitación tan llena de magía, ni libros que tantas historias contaban.


  Pero ya no me bastaba ver la habitación por aquella pequeña y sucia ventana, no me bastaba ver los libros y el arte tan exquisito a través de las rejas. Tenía que entrar, y de una forma u otra lo conseguiría. Me acerqué a la entrada, las bayas eran tan altas y tan gruesas que parecían tocar el cielo; pero no era así, por que yo conseguí escalar más alla de las nubes que rozaban. Al llegar a la entrada del aula, encontré una pequeña llave de plata en el suelo. Entro en el llavero de la puerta con tanta facilidad y elegancia que se me hizo imposible pensar en una combinación más perfecta. Giré la llave y entré sin más.

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   Había libros de todos tipo; viejos, nuevos, grandes, pequeños, donados, comprados... Tantos libros había que me tuve que sentar para no marearme. Había libros en todos los idiomas, idiomas de los cuales yo ni había oído. Un libro chino con una imagen de un pequeño cerdito escudero, un libro en inglés que era viejo y gastado, libros tan pequeñitos que aún teniendolos allí, no me lo creía. Había libros en 79 dialectos diferentes.

   
 Había un libro firmado por el rey de Asturias, otros escritos por niños y maestros de todos sitios, libros de pimera edición del 1605 escritos por Juan de la Cuesta, otro escrito en 1732, más del 1780; había tantos libros en aquella biblioteca.


  
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El hombre que había creado tan marrivillosa aula había viajado a China, a por pequeñas ediciones y firmas; había ido a partidos, a por firmas de famosos jugadores; el hombre que había creado todo esto había dedicado su vida a el aula.

   
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  Conté 750 volúmenes, pero te aseguro que había más. Escondidas en las esquinas, perdidas en rincones huecos, guardadas en habitaciones más seguras; pero había más.     
   Miré con más atención y me encontré con una gran cartulina llena de minúsculas letras, tan pequeñas que aún teniendo la lupa, no las leía. Me di la vuelta y me di cuenta de las preciosas obras que me había perdido, estaban enganchadas en la pared que mantenía vertical a la puerta. Las roze ligeramente con los dedos y sentí el relieve de las obras artísticas, sentí los vultos de pintura seca y la suavidez de las marcas de lápiz.



   Yo seguía en el aula horas después, leyendo biografías y página tras página de aventuras que yo no había vivido. Pero eso es lo bonito de la literatura de Cervantes, de el Quijote; no necesitas estar allí en carne para sentirte parte de ello, o para considerarte protagonista de tan peligrosas aventuras. Las páginas te absorven y las palabras lo hacen real.

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   Al salir por la puerta me giré hacia atrás para hecharle una última vista al aula, absorví el armario que se apoyaba en la pared, de los libros que se encontraban en montones sobre mesas y estanterñias de manera, me fui con una imagen grabada en la mente y e propuse nunca olvidarla.

    Cerré la puerta del aula con el corazón lleno y el alma satisfecho. Y justo en ese momento sonó mi alarma. No quería despertarme de aquel maravilloso sueño, pero lo hice. Al poco rato estaba dirigiéndome al colegio cuando pasé por la plaza y me di cuenta de algo, el viejo bibliotecario no estaba esperando en la puerta, como siempre lo hacía. Si no que en su lugar de espera se encontraba un desconocido, Agustín Martín Zaragoza. Tenía en la mano un solo libro "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" y en ese instante supe que el crearía un mundo dentro de un pequeño aula. 

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